La autoestima

Quizá sea por la inseguridad que sentimos los adultos, por nuestra falta de amor propio; quizá sea por nuestros miedos, por nuestras dudas… que deseamos que nuestras hijas e hijos se sientan seguros de si mismos, que se valoren, que se aprecien y se quieran, y caminen por la vida disfrutándola, levantándose cuando algo no les salga bien, deseamos que luchen por sus sueños. Deseamos que se acepten en lo que no destacan y que brillen en lo que les apasiona. Queremos que se miren con el amor con que los vemos y que se valoren tanto como para irse haciendo huecos de felicidad en esta vida, que a estas alturas ya hemos aprendido que no es tan fácil como nos la esperábamos.

Y quizá todas estas expectativas las pongamos en una buena autoestima. Porque sabemos que, si mi camino es firme, si me apasiona lo que hago y creo en ello, si mi seguridad me hace levantar cuando el suelo tiembla… todo es más fácil.

Hay algo fundamental en la autoestima y en cómo se construye:
Al principio, la autoestima no depende de si mismos, si no que nuestros hijos se miran tal y como nosotros los miramos, ya que su persona es una extensión de la nuestra. Su voz y sus mensajes son los que les damos desde fuera y eso que ven en nuestros ojos, es lo que se les va colando dentro.
Es nuestra forma de mirarlos, lo que hace que aprendan a mirarse a sí mismos, es nuestra forma de hablarles, de escucharlos… así van sabiendo el valor que tienen, así van calculando qué merecen, de que son dignos, cual es su altura, su importancia… así van creando su propia imagen.
Según van pasando los años y en las diferentes etapas de la infancia, esta imagen se va perfilando y contrastando con lo que perciben en otros contextos, familia extensa, colegio…
Siempre, desde casa podemos compartir, explicar, argumentar lo que van vivenciando en otros lugares, ya que durante la infancia, será el hogar el lugar de más importancia para la creación de su propia identidad.

Van construyendo su propia identidad, separándola de la nuestra y es en esta construcción de la propia identidad donde es fundamental la confianza. La confianza en su criterio, en sus elecciones, en sus gustos, sus opiniones…

Dar valor a sus gustos, por ejemplo, en la ropa, en su forma de combinar prendas y colores. Que sea prioridad que vayan a su gusto a que vayan “bien” según el nuestro.
Dar valor a su forma de colocar y ordenar sus juguetes, porque es la forma en la que eligen tener sus cosas, es aprobar su manera de hacer. Poco a poco y según la edad irles dejando elegir, cada vez más.

Confiar en su palabra. Cuando nos cuentan lo que ha ocurrido en el colegio, como lo viven y cómo lo sienten. Escuchar sus historias y creerlas tal y como nos las cuentan.
No querer razonar sus sentimientos. No mediar, no dudar de si la historia fue como la cuentan o es interpretación.
Si así la vivieron así fue y así la acogemos. Sin querer hacer, resolver, cambiar, hacer entender… Solo escuchar, acoger.

Mirar lo que son, lo que hacen, lo que sienten… en presente. No poner sobre sus vidas una expectativa de futuro. Tratarles como personas completas, que tienen todas las opiniones, sentimientos, pensamientos. Tienen una forma única de ver el mundo, vivirlo y sentirlo; y esa forma está bien. Es la suya. Desde su experiencia han construido una imagen, y dan pasos según la imagen que se han formado. Confiar en ellos es confiar en que los pasos que dan son acertados y apropiados, en proporción a sus experiencias.

Sin duda, la clave para ayudarles en la construcción de su identidad y su autoestima es confiar. Una confianza profunda en la persona que son.

Cuerda

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